15.6.07

Simón del desierto


Se bajó del tren de la línea Mitre con su saco viejo, heredado o comprado usado en la galería Recamier, y su carpeta negra de cartón gastada por las esquinas de tanto bondi y trajín. Fue la primera vez que vi a Simón. No lo conocía de nada, el contacto venía gracias a un amigo en común. En ese entonces y a medida que lo fui conociendo, noté que su columna era muy alta. Dibujaba ciudades, que las veía desde la inmensa altura; dibujaba subtes con gente alienada y paranoica. Claro que esa columna, que tanto le destrozaba ciertas cosas, le permitía ver desde tan arriba que, por lo menos a mí, me daba envidia.
Un día, muchos años después, Simón bajó de su columna. Seguramente vio el mundo más chico, con menos foco, pero le gustó. Le gustó tanto que se fue a una ferretería y compró una enorme maza con la que demolió lo que fue su hogar de tantos años.

Simón tuvo un hijo, Simón también, y ya saben, los niños poco saben de profetas, desiertos y columnas.

El nuevo Simón, desde su teta a la que se agarra como otros a sus columnas, mira el mundo con los ojos cerrados. Claro, no le hace falta más nada que la teta de su mamá.


Felicidades Simón.